REFLEXIONES FEMINISTAS

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Ser disidente del género en la comunidad trans

Por Mel Supernova

Así que he iniciado mi transición y a partir de hoy viviré como mujer”, escribí en mi perfil  de Facebook, ya hace más de 11 años, cuando por fin conseguí trabajo de mi carrera al mismo tiempo que llevaba un tratamiento de reemplazo hormonal para iniciar la feminización de mi cuerpo. Tenía la total convicción de que estaba haciendo lo correcto, sentía emoción y alegría por el futuro ¿Por qué no lo tendría? ¿No era eso lo que había estado planeando desde hacía ya más de un lustro?

Recuerdo el momento justo en que decidí iniciar mi transición para convertirme “en mujer”, lo decidí viendo el ocaso, sentado en el piso de mi sótano de Tegucigalpa, Honduras, una tarde poco antes de cumplir 27 años. Por cuestiones familiares, de pareja y laborales, sería hasta cinco años después, a mis 32, que inicié al fin con bloqueadores de testosterona, meses después, consiguiendo trabajo ya con apariencia femenina (aún pasarían cinco años más para mi cambio oficial de nombre). Hice el anuncio oficial en Facebook, la recepción fue mayoritariamente positiva, nada podía salir mal, lo había pensado, planeado y ejecutado con cuidado y sin precipitarme.

Resultó que no, no lo había meditado bien, dentro de los mensajes de apoyo venía uno que me queda claro era bien intencionado, pero fue la semilla que acabó convirtiéndome en quien soy hoy. Una persona me escribió diciendo que “admiraba mi valentía” y ‘bla bla bla’, hubo una parte del mensaje que se me quedó y acabó por obsesionarme. Cuando entramos a la facultad, hubo un profesor que nos dijo:Nómbrense desde aquí «Ingenieros», porque ya desde hoy están trabajando para serlo; de la misma forma te digo que te nombres «mujer» porque ya estás en el camino de serlo”.

De haber sido yo otra persona, sí me hubiera centrado en mi propio bienestar sin analizar nada que no me afectara directamente, quizá lo hubiera tomado como “Cool, una felicitación más” y lo hubiera olvidado, pero yo no soy así, mi personalidad y mi trayectoria profesional se orientan a entender y a clarificar las cosas. Así que cuando leí eso, mi pensamiento fue ¿Y cuándo sabré que terminé el camino para ‘ser mujer’? ¿Eso se cuantifica? ¿Qué es ser mujer? ¿Cómo se es mujer?

La mayoría de las personas que traté en los años siguientes saben que mi pelea fue por intentar definir ese problema ¿Qué es ser mujer? ¿Podía yo ser una mujer? ¿Cómo?

El pensamiento generalizado en la comunidad trans ese entonces (2010) era: No eres mujer, no puedes serlo. Te puedes ver y conducir como mujer, verte lo más similar a una, pero no lo vas a ser. De todas formas, ese no es el objetivo, el objetivo es que te sientas mejor contigo y con tu cuerpo. Solamente sé realista, sólo entiende la verdad”. Aunque brutalmente honesta, esa era la mejor respuesta.

Al mismo tiempo, choqué bastante con el clasismo de la comunidad trans, no me sorprendía mucho darme cuenta que se privilegiaba y se adoraba a quienes tenían dinero para operarse o para transformaciones súper elaboradas, para ropa de marca, para acceder a ciertos lugares. Yo no tenía poder adquisitivo y mi aspecto era más bien desaliñado, así que sin mucho miramiento se me hacía de lado o simplemente se me ignoraba dentro de la comunidad.

A esto debe agregarse que había construido expectativas demasiado altas sobre mi transición,  la narrativa dominante entre la comunidad trans (la cual sigue siendo dominante hasta el día de hoy), es que transicionar trae calma a tu persona y a tu cuerpo, te ayuda a tu autoestima, logras la felicidad con la cantidad de cambios físicos y mentales. Pero la experiencia a la que yo me enfrenté, fue que por vez primera en mi vida empecé a desarrollar inseguridades con mi cuerpo y mi presentación, la disforia no se aliviaba, sino que empeoró. Empecé a estar hiperconsciente de mi propio cuerpo y a pensar de más en cosas que, como hombre, no me habían preocupado: mi peso, mi postura, si alcanzaba estándares estéticos, etc. La figura que me devolvía el espejo se me hacía más y más extraña, eso empezó a afectarme anímicamente. Empeoraba debido a que la respuesta estándar y más frecuente que tenía de la comunidad trans, era que la única manera para tener seguridad era si me sometía a cirugías. Aunque hubiese querido hacerlo (y tenía muchas dudas sobre si era pertinente hacerlo para empezar), no podía, porque carecía de los medios económicos y personales para hacer algo así.

Siempre puedes irte de scort era la máxima, el consejo ordinario. “Si de verdad quieres hacerlo, puedes trabajar en la calle.

Debido a lo anterior, con una situación económica mala y sin alternativas reales de mejorar mi situación, siquiera en mi empleo del momento, además, no creía que me fueran a contratar en otra parte y enfrentándome a violencia aleatoria de hombres en la calle contra mi persona. Me golpearon tres hombres antes de iniciar tratamiento, una vez un hombre me siguió por varias cuadras en la noche, otro me emboscó en un recibidor de un edificio, otro apagó un cigarro en mi hombro al pasar junto a él, de los CIENTOS de ataques que recibí en la calle, empecé a hundirme en una depresión comprensible.

Le conté a alguien que transicionó al mismo tiempo que yo el episodio de un tipo que me siguió por un par de cuadras para alcanzarme y tomarme del brazo por la fuerza, en vez de entender que había sido acoso, me dijo Que padre, ya tienes problemas de chica guapa. El problema contigo, me decían, me insistían, es que veía las cosas negativamente. Esas cosas son para disfrutarse, Disfruta que te chuleen en la calle, que te chiflen. Sí, es mejor que te ignoren, porque hay gente loca, pero Si se te quedan viendo es porque eres fabulosa, insistían.

En depresión, pobre y sin lograr el passing (la capacidad de pasar como mujer entre la gente sin problema), las “amigas” trans que hice me hicieron de lado porque “Que güeva contigo”, “ya deberías ser feliz”, “da vergüenza que te vean con nosotras”, y empecé a alejarme también.

En la breve militancia que tuve en el activismo trans, vi un discurso hueco y vacío sin personalidad propia, de nuevo, con un clasismo apenas disimulado. Mientras alcancé a entender, aún se seguía pensando que las demandas eran las mismas que las del colectivo Gay, lo cual es comprensible porque a partir de ahí se originó y por mucho tiempo las demandas se asemejaban; en parte también era por la noción tradicional que la comunidad de ‘mujeres trans’ estaba conformada por varones gay. Sin embargo, al avanzar la década de los 2000, se notó la diferenciación y la necesidad de denominarse un movimiento diferente. Achacaba, pues, la vacuidad del discurso del activismo trans a un proceso normal de redefinición al independizarse y reconformarse.

Antes de separarme completamente del activismo, me tocó presenciar una discusión que para mí fue el inicio del cisma entre el activismo trans tradicional y el que existe hoy. Fue quizá a raíz del caso de Gwen Araujo (fue por la época) que se empezó a discutir sobre el “problema” sobre que los hombres heterosexuales, que llegan a tener relaciones sexuales con ‘mujeres trans’, tienen relaciones homosexuales. Hasta ese momento, el entendimiento de esto en la comunidad es que estos hombres hetero serían “chacales”, gays que preferían una pareja feminizada o bisexuales. Yo lo entendía así, pero en ese momento se empezó a decir que no, que no podían ser homosexuales porque “las mujeres trans son como cualquier mujer”, “Las mujeres trans son mujeres” y entonces una ‘mujer trans’ era permisible para consumo sexual heterosexual masculino. Había que mantenerles la heterosexualidad y ser deseables para los hombres.

La discusión me asqueó porque me parecía homofóbica y nos reducía a las ‘mujeres trans’ a objeto sexual. No dije nada, pero disentí de esta postura.

Alejándome de la comunidad trans empecé a frecuentar foros y asociarme con lesbianas, no es que yo me considerara “lesbiana”, sino pensé que si iba a seguirme asociando a las letras LGBT y trataba de mantener mi distancia de lo trans, me entendía mejor con lesbianas que con los gays. Para cuando terminé la carrera, solía juntarme con varias amigas del colectivo lésbico de Ciudad Universitaria, así que para mí era un tipo de vuelta a las raíces. Afortunadamente, en esta ocasión, caí entre grupos lesbofeministas y atendí (de oyente) a sus foros y leí sus artículos. Eso fue un gran acierto.

Me fue evidente de inmediato la diferencia entre una comunidad de mujeres contra la comunidad de ‘mujeres trans’; no solo era la forma de relacionarse y comunicarse entre ellas, sino de concebir la realidad, me encontré un discurso serio y coherente que se desprendía del análisis de su realidad material, algo completamente ausente en la comunidad trans, que para entonces estaba siendo crecientemente clasista y superficial.

Sin embargo, lo más importante que encontré, fue entender que la realidad de ser mujer, que ellas dejaban en claro en sus discusiones y testimonios, era completamente diferente de lo que yo podría entender; era crecer con el mandato de servir y obedecer a los hombres, y la necesidad de romper ese mandato social y ponerse por encima de ellos. El discurso entre la comunidad trans era más bien sobre lo liberador y empoderante que los hombres te permitieran servirlos y que te objetivizaran.

También entendí que mi propia biología determinaba mi lugar en la sociedad, yo no entendía la realidad mujer porque nunca había recibido una formación como mujer porque no tenía capacidad reproductiva, que era la razón por la cual las mujeres recibían esa educación y esa socialización para su control.

En efecto, entendí que yo no era mujer, era un varón que había cambiado su performatividad de género, aceptarlo fue doloroso, pero si iba a mantenerme coherente con lo aprendido y mis posturas académicas, entonces tenía que aceptar la idea que la definición de mujer era una ‘hembra humana adulta’ a la que se le impone el papel de individuo oprimido debido a su capacidad reproductiva, mediante una serie de normativas sociales y culturales llamadas “feminidad”, algo que yo no era ni había afrontado jamás. En el momento que acepté esto, que entendí esto, la disforia que me llevó a transicionar, simplemente se fue evaporando, acepté mi realidad y mi papel. Por fin tuve paz.

Lo más importante que obtuvé de mis encuentros con el lesbofeminismo (y posteriormente, con el feminismo radical) fue la simple noción que, para entender la realidad de las mujeres y sobre lo femenino, solamente tenía que callarme y escuchar a mujeres, leer a mujeres; me quedaba claro que ni la medicina, ni las artes, ni la política se habían tomado el mínimo esfuerzo de intentar entender o de romper los paradigmas patriarcales y simplemente poner atención a la realidad que la mitad de la población del mundo vive.

Seguí al pendiente de foros lésbicos, pues, para estar en contacto con teoría y lecturas, de las cuales los foros trans carecían. Me quedaba claro que yo no entraba dentro del feminismo, pero la teoría feminista me hacía entender mi lugar en el mundo y la sociedad.

Fue en uno de estos foros feministas que me alcanzó lo que, a partir de ahí, sería el creciente enfrentamiento entre el activismo trans y el feminismo. Un grupo de mujeres estaban organizando un proyecto artístico consistente en la creación de un collage de vulvas, me impactó ver a una persona que decía ser ‘mujer trans activista’ reclamaba que el proyecto no era incluyente y pedía, no, EXIGÍA, que se incluyera una foto de su “pene femenino”. Primero pensé que era una especie de broma, pero pronto noté que no, que iba muy en serio, pronto escaló a acusar a las organizadoras del proyecto de ‘transfóbicas’ porque no le aceptaban su ‘dick pic’, al puro estilo incel. Esta persona argumentaba que las lesbianas DEBÍAN dejar entrar ‘mujeres trans’ a sus espacios porque (cito) “Para eso están las mujeres en los colectivos arcoíris, para cuidarnos”, y con eso hice ‘peak trans’. Esta persona era un macho incel, con un discurso misógino. Era evidente.

Luego noté, con horror, que no era un caso aislado, poco a poco el activismo trans se estaba llenando de un discurso no muy lejano del que manejaban los incels, que se trataba de culpar a las mujeres de la situación de las personas trans, exigirles sexo “porque el lesbianismo no es de órganos sexuales”, que las opiniones de mujeres eran “lenguaje de odio” si excluían varones, etc. El sueño dorado incel.

Ahí el discurso predominante en el activismo trans era casi místico-mágico: las mujeres trans eran mágicamente mujeres, solo bastaba que se identificaran como tales para serlo, y siempre lo habían sido, retroactivamente. La autodeterminación cambiaba la realidad de la persona, la biología no importaba, no existía, era muy compleja, no se podía saber nada. El creer que los genitales importan, que la biología importa, que tiene algo que ver con el género, es discurso de odio. Que el género se elegía, que era móvil.

En el momento en que vi a un varón sonriente, blandiendo un bat, prometiendo golpear mujeres en una marcha de mujeres porque “lo excluían”, no sólo me dije que no podía aceptar eso, que me iba a poner activamente en contra de esta corriente misógina que había secuestrado al activismo trans.

Al mismo tiempo entendía el punto de vista de la mayoría de las personas trans, y específicamente de las ‘mujeres trans’ que transicionaron de 2015 a la fecha, la mayoría son de clase media o alta, tuvieron una educación prioritariamente posmoderna, en donde se les dijo que el marxismo estaba superado (por ende, no entienden el concepto de lucha de clase o de consciencia de clase) y se les promovió un individualismo salvaje, donde su comodidad personal e individual pasaba por encima de los colectivos. El mundo les debe su propia comodidad y validación porque son especiales, porque hay que celebrar la diferencia y cada experiencia, a eso debe agregársele que su idea de lo que es una mujer, es fundamentalmente machista, en donde puede fetichizarse a la ropa, zapatos o maquillaje. Para estas personas el diálogo con mujeres nunca pasa por un pensamiento crítico o por la alternativa de diálogo, si una mujer no le da la razón o le solapa sus ideas, entonces está en su contra.

Además, esta corriente violenta les da sentido de pertenencia y se les dice que ahí es donde radica su identidad, en ser especiales, en ser únicos, en la autodefinición, y cualquier crítica la ven como ataque personal a su validez como seres humanos. Por eso mismo es una idea nociva y similar a una secta.

Al desarrollar esta visión sobre el activismo trans actual no me quise involucrar al principio, me convencí que tarde o temprano la racionalidad prevalecería, tal vez no exactamente con mi postura, pero que la comunidad trans acabaría rechazando esta postura misógina y violenta, y retomaría su reestructuración, pero no pasó, gracias al vacío ideológico de inicio que ya he descrito. De hecho, todo fue escalando a un clímax casi totalitario en donde no se permite ningún tipo de postura diferente, que violenta y castiga la disidencia con acoso. Cuando por fin entendí que se necesitaban ‘mujeres trans’ para hablar en contra de esta locura, no me quedó otra que hacerlo yo.

¿Qué hacer entonces para contrarrestar esta secta? Reconocer de un inicio nuestra realidad material, podemos cambiar nuestro vestuario, nuestra presentación, sin embargo,  fundamentalmente somos varones porque se nos educó como tales, no se nos forzó la feminidad, la elegimos; la feminidad que elegimos se usa para la opresión de las mujeres, entonces nuestro papel, en efecto, es ir desmantelando este concepto, no abrazarlo, porque en eso radica el anteponer los problemas colectivos a nuestra propia comodidad. La opresión, que llamamos “género”, no es una identidad, sino un instrumento de explotación, pensar que es una identidad es creer que las opresiones son una elección, ese es el pensamiento base del neoliberalismo: si te oprimen es porque tú lo quieres, si eres pobre es porque quieres, si eres mujer es porque quieres.

Actualmente veo que la comunidad de ‘mujeres trans’ (en específico), se dividen en a) totales creyentes de la doctrina misógina dominante, soldados combatientes contra la “transfobia” que perciben en su deformada visión; b) personas que no creen en esta doctrina pero tampoco les interesa involucrarse porque lo ven como un movimiento inmaduro e innecesario, que más bien es engorrosamente escandaloso (de hecho, me atrevería a afirmar que es el grupo mayoritario dentro de la comunidad); c) críticas de género que pretenden ser del primer o segundo grupos para no entrar en conflictos; d) críticas de género abiertamente.

Yo no quiero protagonizar nada, ni siquiera quería levantar la voz en primer lugar, pero no podía vivir con mi consciencia viendo a jóvenes gritar abiertamente que quieren golpear y matar mujeres porque esas mujeres “les niegan su realidad”, cuando la posición teórica que les hace pensar en ello es fundamentalmente fallida y sin sustento en los hechos. No lo van a hacer en mi nombre ni porque “me protegen”, no lo hacen, al contrario, están convirtiendo al activismo trans en el brazo arcoíris de lo incel, en un alt right sexual. Tengo miedo de que esto conduzca a la pérdida de derechos de la comunidad LGB por asociarlos con este movimiento totalitario y, poco a poco, por fortuna, hay cada vez más personas trans hablando contra esta locura.

Lo que pido es un regreso a las posiciones iniciales del movimiento trans, quiero que nos fijemos en nuestras problemáticas propias y particulares: en la discriminación laboral y educativa; en la ausencia de mecanismos para salud mental (porque la corriente totalitaria misógina ve la atención mental como “patologización”), para evitar la tasa de suicidios que primordialmente son post-transición y por falta de atención psicológica. Quiero que aboguemos por la abolición del trabajo sexual, de la violencia sexual contra personas trans, quiero que se concientice en el papel que las ‘mujeres trans’ tenemos para desarticular y abolir el género. Con la abolición del género no es que vaya a haber un mundo en donde se prohíba vestimentas y comportamientos, sino un mundo en donde ya no habrá preeminencia de los hombres sobre las mujeres. Sí, las ‘mujeres trans’ podemos ayudar en ello, y no lo vamos a lograr exigiendo que se ignore la realidad biológica.

Y sí, es mucho, pero de alguna manera se empieza. Se empieza con una disidencia.

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